miércoles, 3 de junio de 2009

LA UIA y SU RELACION CON LA DERECHA EN ARGENTINA

NOTA ENVIADA POR DIEGO S.

Estos artículos que se muestran a continuación han sido publicados en Página 12. Reflejan una mirada distinta de la que proclama la derecha argentina (Carrió, Macri, De Narvaez).
Es evidente, que estos intentos de sumar votos de parte de la derecha, no hace más que mostrar su falta de ingenuidad pero, además, su ignorancia sobre el modelo económico y las exportaciones que tiene la Argentina.
Hoy son muy importantes las exportaciones hacia Venezuela, lo que hace que sea un socio estratégico en el Mercosur.
Lo que si hay que pensar y repensar es el papel de la UIA. Ellos no son ignorantes en lo que hace a un modelo económico. La conducción actual de la UIA entiende perfectamente cuando critica a un modelo como el iniciado en 2003 en el gobierno de Kirchner y si lo hace es porque prefiere volver al modelo neoliberal y que sólo sean beneficiados unos pocos. Prefieren que retorne el desempleo, la deflación, la desindustrialización.
Esta UIA no le interesa negociar los sueldos en paritarias: logro kirchnerista que permitió en tan sólo 5 años realizar más de 5.000 paritarias, que si la comparamos con la década del 90 hasta Duhalde suman 500.
Esta UIA, que responde a la derecha, y que ya deberíamos dejar de confundir teóricamente que existe una burguesía nacional buena o un capitalismo más humano. Esos errores no nos tienen que hacer caer en ingenuidades a la clase obrera nunca más. El capitalismo fue, es y será siempre salvaje con los oprimidos.

¿Chavizaqué?


Lo primero que conviene distinguir, para al menos saber de qué hablamos, son los diferentes tipos de nacionalizaciones en Venezuela. La primera oleada se inició en mayo de 2007, luego de que Chávez arrasara en la campaña por su reelección, con el anuncio de la estatización de las empresas privadas que operaban en los campos petrolíferos de la Faja del Orinoco, los más grandes de Occidente, con reservas estimadas en 316 mil millones de barriles. Todas las compañías –salvo la estadounidense Exxon Mobil, que litigó y perdió en los tribunales internacionales– llegaron a acuerdos con el gobierno: o recibieron compensaciones al estilo Techint o aceptaron seguir operando en las nuevas condiciones. En estos casos, la nacionalización terminó en una redefinición de los contratos.

Esta primera oleada nacionalizadora es clásica: un Estado monoproductor apropiándose de su casi único recurso económico, como sucedió con la nacionalización del gas de Evo Morales en 2006 o, más atrás en la historia, con la estatización de la minería por parte de la Revolución Nacional boliviana en 1952, con la chilenización del cobre iniciada por Eduardo Frei Montalva en 1964 y concluida por Salvador Allende en 1970, o con el primer impulso nacionalizador del petróleo venezolano bajo el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1975.

Pero fue sólo una primera etapa, pues Chávez avanzó después sobre la siderurgia, el cemento, las telecomunicaciones, la electricidad, unas pocas empresas alimentarias que aumentaban los precios y algunos bancos, entre ellos la filial venezolana del Santander, con el objetivo proclamado de tomar el control de las “industrias fundamentales”. La estrategia de esta segunda oleada nacionalizadora, inspirada en el industrialismo de los ’50, consistiría en apropiarse de estos “resortes estratégicos” como supuesta forma de asumir el control de la economía y reafirmar la soberanía nacional (hay en esta visión evidentes reminiscencias de la posguerra). Y aunque pudo haber dado resultados en los ’50, parece un poco demodé en la actualidad, con economías, incluso la venezolana, más complejas, heterogéneas y transnacionalizadas que las del siglo pasado.

Otros instrumentos

Si el objetivo es influir en la orientación económica, existen herramientas más sofisticadas y sutiles, aunque también más difíciles de aplicar, que la simple estatización de empresas. El mejor ejemplo es por supuesto el Bndes brasileño, con un capital de 70 mil millones de dólares y últimamente orientado a apoyar la internacionalización de las empresas nacionales; en mayo del año pasado se conoció la asombrosa noticia de que el grupo brasilero JBS-Friboi había comprado, con créditos del Bndes nada menos que la empresa estadounidense Swift & Company, convirtiéndose en el mayor procesador de carne del mundo.

Otro ejemplo, menos conocido pero también notable, es el de la Fundación Chile, institución orientada a la promoción de exportaciones. A principios de los ’80, la Fundación Chile llegó a la conclusión de que el país era ideal para producir salmón, ya que posee lagos de agua dulce y fiordos sobre el Pacífico que no se congelan en invierno (como sí ocurre en No-ruega, hasta aquel momento el líder mundial). La Fundación Chile creó su primera granja de salmón en 1982 y luego la vendió a una empresa privada. Más tarde buscó incorporar tecnología, contrató a especialistas internacionales y lanzó una campaña de marketing. El año pasado, Chile exportó 2500 millones de dólares de salmón y hace ya cuatro años que es el primer exportador mundial.

Parecidos y diferentes

Más allá de las valoraciones sobre la estrategia económica de Chávez, lo central es que la economía de Venezuela tiene muy poco que ver con la Argentina. Más parecida a la de Nigeria o Arabia Saudita, es una economía rentista que exporta básicamente un solo producto (petróleo) a básicamente un solo país (Estados Unidos), que no fabrica prácticamente nada y que importa casi todo lo que necesita (el 70% de los alimentos que consume) básicamente desde sus dos rivales ideológicos (Estados Unidos y Colombia).

En suma, una típica estructura monoproductora enferma de rentismo que no ha cambiado en absoluto desde el inicio de la Revolución Bolivariana. De hecho, en los últimos diez años la primarización se ha consolidado, tanto como resultado de la errática política oficial como por efecto de los altos precios del petróleo, que cancelan cualquier iniciativa más o menos productiva. La mejor síntesis es la del editor Rafael Peloe: “En este país no hay buenos y malos gobiernos sino buenos y malos precios del petróleo”.

Teniendo en cuenta estas diferencias, ¿es sensato pensar en un proceso de chavización en la Argentina? Contra lo que desean los nacionalistas del siglo pasado y temen algunos distraídos, la respuesta es no, pero menos por un defecto de bolivarianismo de Kirchner que como resultado de las particularidades de la estructura económica local. Ocurre que, afortunadamente, la economía argentina se encuentra mucho más diversificada que la venezolana. Por eso, incluso en el improbable caso de que, como propone el cineasta Pino Solanas, el Gobierno decida nacionalizar el petróleo y el gas, obtendrá el control de apenas un resorte económico entre muchos otros, que no alcanzará para orientar el rumbo general de la economía (como sí sucede cuando el Estado venezolano o boliviano o chileno se apodera del petróleo, el gas o el cobre).

Retenciones bolivarianas

En rigor, lo más parecido al petróleo que tenemos aquí son los alimentos y, sobre todo, los granos o las cuasi commodities elaboradas con ellos (aceite de soja sin refinar, por ejemplo) que en total representan 51 por ciento de las exportaciones, según los números de 2008 de la Fundación Export.Ar. Si descartamos de entrada el delirio soviético de nacionalizar toda la tierra cultivable, lo más parecido a una nacionalización a la venezolana que podría aplicarse en la Argentina sería la estatización del comercio exterior a través de un nuevo IAPI, decisión que el gobierno kirchnerista descartó en su momento.

En otros términos: Kirchner tuvo la oportunidad de avanzar por un camino más radical en pleno conflicto por el campo pero, a pesar de los gritos de De Angeli, prefirió no hacerlo, y optó por un más moderado intento de aumentar los impuestos a las exportaciones. No es el único que sigue esta estrategia: Rafael Correa tampoco apostó a la nacionalización del petróleo y prefirió crear nuevos impuestos a las ventas de petróleo (las retenciones ecuatorianas).

¿Hay margen para un cambio en esta política? Parece difícil. Hoy, en medio de la campaña electoral y ante la evidente necesidad oficial de pactar con los sectores tradicionales del peronismo y la CGT –fueron sugestivas las declaraciones de Hugo Moyano contra la nacionalización venezolana–, la posibilidad de una chavización es mucho menor que en el pasado.

En cuanto a las estatizaciones, las decididas por Kirchner han sido pocas y dispersas, en general ante evidentes incumplimientos contractuales (Thales Spectrum, Aguas Argentinas) o ante la necesidad de garantizar la prestación de un servicio considerado esencial (Aerolíneas, Correo Argentino). En algunos de estos casos, como el Correo, la empresa privada parecía más bien deseosa de sacarse un negocio ruinoso de encima.

La excepción a esta norma es la estatización de las jubilaciones, con la gran diferencia de que no se trata de un resorte productivo sino financiero y, para colmo, más bien esotérico (las AFJP no son bancos). En términos del TEG, las nacionalizaciones argentinas no son estratégicas sino tácticas (recuérdese por ejemplo que la intención original del Gobierno no era quedarse con Aerolíneas sino ordenarla y reprivatizarla, y que la decisión de mantenerla en manos oficiales fue consecuencia, curiosamente, de las presiones opositoras).

A diferencia de Venezuela, donde la ola estatizadora es parte de un plan definido y explícito, en la Argentina no se observa un retorno del Estado empresario de los ’50, cosa que tampoco sucede en Brasil o en Chile, y que notablemente está ocurriendo en algunos países ultraliberales como Estados Unidos, aunque como resultado de las presiones de la crisis y no como consecuencia de una decisión voluntaria del gobierno.

Estridencias

La decisión de Chávez de estatizar las filiales de Techint sin aviso previo generó un proceso similar al desatado por el gobierno de Evo Morales el 1º de mayo de 2006, cuando anunció la nacionalización del gas. Con dos diferencias. La primera es de fondo: Evo no nacionalizó bienes de una empresa privada sino de una compañía estatal, Petrobras, que controlaba los dos principales campos gasíferos bolivianos. La segunda diferencia es escenográfica: como Chávez, el líder del MAS anunció su decisión de manera sorpresiva, pero además se trasladó personalmente al pozo de San Alberto, en Tarija, y leyó el decreto rodeado por militares vestidos de fajina.

En aquel momento, la oposición brasileña también presionó a Lula para que endureciera su posición frente al líder boliviano. Lula respondió: “Hay personas que creen que hay que ser duro para resolver el problema; creo que se resuelve mejor siendo cariñoso”. En todo caso, la reacción K ante la decisión de Chávez fue similar a la del brasileño, sin guerra a la vista. Una vez acallado el fragor de la campaña, todo indica que con Tavsa, Matesi y Comsigua sucederá lo mismo que con Sidor: largas negociaciones y un acuerdo con compensaciones.

Finalmente, el último episodio que le agrega un matiz más al asunto: la decisión de Techint de depositar los 400 millones de dólares del primer pago por Sidor en un banco alemán y no en uno argentino. Las quejas del gobierno argentino son razonables, aunque la decisión de la compañía también: las empresas buscarán siempre resguardar sus intereses acudiendo a un refugio considerado seguro, tal como en su momento hiciera Kirchner con los famosos fondos de Santa Cruz. El episodio, en todo caso, revela las contradicciones del tiempo en que vivimos: sólo el Estado-nación puede defender ciertos intereses, pero la globalización ha creado reglas de juego que le permiten a un holding presentarse como argentino algunas veces y como transnacional muchas otras, complicando aún más una discusión oscurecida por la estridente kermesse de campaña.

Fuente: www.Página12.com.ar


GRACIAS DIEGO POR COLABORAR CON LA RESISTENCIA..!

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